La relación terapéutica

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El estilo de vinculación o apego del cliente y del terapeuta  juega un papel fundamental  en el contexto de la relación terapéutica.

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Desde el constructivismo se considera la relación terapéutica como una relación humana en que ambos protagonistas, terapeuta y cliente, son expertos. El terapeuta es experto en un área de conocimiento que pone al servicio del cliente para que éste pueda incorporar a su narrativa personal aquello que le trae a consulta. Y el cliente es experto en su vida, en su manera de ver, sentir y actuar en el mundo, SU mundo. Para que el terapeuta pueda llevar a cabo su cometido es fundamental un buen entrenamiento en habilidades sociales, un conocimiento profundo del alma humana, un interés auténtico por el cliente sin juzgarlo, así como una implicación intensa. Estas cualidades y conocimientos han de posibilitar la construcción de un “puente” por el que el terapeuta pueda acceder al mundo personal del cliente mediante la comprensión de sus estados, procesos y situaciones, llamado empatía.

Por su parte, los psicólogos humanistas se refieren a la pregunta “¿Qué ha llevado a esta persona a encontrarse en esta situación en la que está?” desde la cual el terapeuta, en su humildad como ser humano, brinda sus conocimientos y comprensión empática no enjuiciadora al cliente, teniendo en cuenta que “aquello que piensan, sienten y hacen las personas tiene todo su sentido para ellas, y el terapeuta debe comprenderlo”.

La manera que cada ser humano tiene de vincularse o apegarse a otras personas tiene su origen en la infancia con las personas que le cuidaban. El terapeuta utilizará sus conocimientos y las emociones generadas en sesión para determinar cómo se relaciona el cliente con las personas y poder así entender cómo se manejará dentro del vínculo terapéutico. Por ello, el autoconocimiento del terapeuta será también fundamental en su vinculación con el cliente. La historia que nos relate el cliente y su personal manera de ver y sentir el mundo resonará inevitablemente en el terapeuta y en su manera de ver y sentir el mundo: el terapeuta incide en el cliente y el cliente en el terapeuta. Aspectos fundamentales a tener en cuenta para facilitar la comprensión serán la historia familiar del cliente, su familia actual, vinculaciones pasadas y presentes, aficiones, proyecto vital, su trabajo (situación laboral y relación con él),  el problema que le trae a consulta, qué espera trabajar con el terapeuta y qué espera conseguir, si ha seguido otros tratamientos médicos o psicológicos, su situación económica, si dispone de red social…pero también el cliente explicará muchas cosas con su lenguaje no verbal que el terapeuta debe captar y ubicar como el estado emocional, puntualidad en las sesiones, tono y nivel del discurso o la predisposición que presente a trabajar e implicarse.

A veces puede suceder que parte del discurso suscite emociones en el propio terapeuta que le cueste gestionar. La historia personal del terapeuta, y la reflexión y trabajo personal que haya hecho sobre ellas es un arma de gran valor para facilitar la relación terapéutica pero ciertamente el terapeuta, como ser humano que es, también ha vivido, siente y ve la vida a su propia manera, y debe saber usar esa experiencia trabajada como “antena”, aprovechándolo para encauzar la buena marcha de la relación terapéutica.  Así, deberá plantearse: “¿Qué siento hacia esta persona?”, “¿Qué pienso de ella y de las dificultades que plantea?”, “¿Por qué?”, entre otras.

Finalmente, a partir de estas reflexiones, de su autenticidad, de la ausencia de juicio, del estilo de apego del terapeuta y del cliente, de la historia del cliente y sus sentimientos, y de aquello que suscite en el terapeuta y de la propia gestión emocional, el trabajo cognitivo, del uso que haga el profesional de esa “antena” y de lo que le devuelva al cliente se podrá establecer un vínculo terapéutico suficiente que permita el hecho terapéutico. Sin embargo, cabe resaltar que, a veces, por múltiples factores que pueden afectar a ambas personas, el puente, o relación terapéutica, es poco firme. Este factor, que puede debilitar la eficacia de la terapia, no debe ser un juzgado como obstáculo insoluble para el trabajo terapéutico, sobre todo teniendo en cuenta que es el propio cliente que pone los criterios para valorar si un vínculo es fuerte y de calidad, y no la satisfacción personal del terapeuta dentro de ello.

A pesar de todo ello, si no se puede establecer ningún tipo de vinculación, estaríamos entrando en uno de los pocos supuestos que hacen fracasar la psicoterapia, y no se recogerá ningún éxito.

Autora del artículo: Araceli Esparducer Broco, Psicóloga y Psicoterapeuta

(En formación prácticum Máster Terapia Cognitivo Social, UB)

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